El viernes pasado celebramos el ciento trece aniversario del Cabildo de Gran Canaria homenajeando a personas e instituciones de referencia para Gran Canaria. En mi intervención hablé de la isla, de su inmensidad, de su historia y el camino a seguir. Estas fueron mis palabras.
Hay lugares donde se respira el aliento de los siglos, donde cada paso parece seguir la huella invisible del tiempo. Lo sentí hace unos meses al ascender al Roque Bentayga, alcanzando el almogarén apenas unos minutos antes de que el sol surgiera sobre las nubes que trepaban la Caldera de Tejeda en aquella primera mañana de otoño.
Cuando la luz tocó el marcador solar, volvió a anunciar el comienzo de una nueva estación. Allí, donde la antigua sociedad grancanaria miraba al cielo para comprender el ciclo de la vida, asistimos a un ritual silencioso que atraviesa el tiempo. En los rostros presentes se adivinaba una emoción compartida: el sentimiento profundo de pertenecer a un mismo relato. Descendimos con más de mil años de memoria en la mochila. No pesaba. Era un legado: una brújula interior que tiende un puente entre pasado y presente y nos recuerda nuestro lugar en la tierra. En la isla.
Sí, en la isla. Me pregunto ahora en voz alta ante ustedes. ¿Qué es la isla, nuestra isla? ¿Qué es en realidad este territorio que habitamos? ¿Qué ocultan sus profundidades? La insularidad es un canario en permanente vuelo entre el límite que marca la orilla y el infinito que se adivina en el horizonte. Somos principio y final, la difusa frontera allá donde se tocan la cumbre y el cielo. Somos la orchilla en el acantilado, ensalitrada y mecida por vientos llegados de los cuatro puntos cardinales.
Esta noche quiero redescubrir con ustedes una isla, nuestra isla, contemplándola desde diferentes ángulos y miradas. Les invito a visitar espacios comunes que nos permitirán conquistar nuestra memoria y nuestro porvenir. Veremos que Gran Canaria, la isla de nuestras vidas, es un lugar, pero ante todo una herencia, una idea, un propósito común, un refugio atlántico contra los naufragios de la ética y la convivencia que, por desgracia, vemos producirse en tantos sitios.
Arropados por acantilados que nos protegen, mecidos por orillas que nos abrazan, unidos por barrancos que nos identifican, ha crecido una sociedad plural, creativa, resiliente, tolerante y laboriosa que se ha constituido como sujeto colectivo con conciencia, sentido de pertenencia y gestora de derechos propios de una sociedad democrática avanzada.
La realidad física de la isla nos define. Quiero rescatar la observación del poeta y ensayista Andrés Sánchez Robayna, quien señaló que “la isla no separa ni recluye”, sino que “singulariza”. Lo vemos a diario en el carácter de nuestra gente, en su mirada amplia e integradora, y en la prodigiosa trapera de paisajes y naturaleza que recubre Gran Canaria.
La isla se nos muestra con múltiples y cambiantes rostros. A veces es el manto de nubes que cubre a media mañana Hondo de Fagagesto mientras cae la lluvia de este invierno. Pero en pocos minutos, el sol, hasta entonces disimulado en la bruma, como un niño escondido, rasga el velo e impone la claridad. Esa luz es la misma luz que se refleja en los charcos de la costa, convertidos en espejos.
En otras ocasiones, la isla nos enseña las cicatrices de nacimiento que dejaron los diques de lava en su semblante pétreo. O nos anima a penetrar en Inagua para ver, o al menos adivinar, el aleteo azul del pinzón, antes de encender el atardecer y descansar sobre las dunas.
Gran Canaria es el lienzo donde generaciones sucesivas han ido trazando una cultura propia, nacida de la resistencia, la unión y la capacidad de convertir los sueños en oportunidades. La condición insular ha moldeado nuestra forma de estar en el mundo: sabemos que implica retos, pero también nos ha enseñado a adaptarnos a los cambios, preparados tanto para la calma como para los temporales, dejándonos contagiar por la inmensidad del mar, “esa remota voz humana”, como lo describió Alonso Quesada.
A lo largo de su historia, la isla ha sido un territorio abierto a lo inesperado y a lo nuevo. Mirar el camino recorrido nos recuerda que las páginas que hemos escrito juntos nos dan la fuerza para seguir imaginando y construyendo el futuro común.
Como el Atlante, moldeado con la lava de La Isleta, que simboliza la isla —forjado entre fuego y mar— Gran Canaria asume su condición de litoral y frontera con orgullo, defendiendo su voz y su singularidad frente a cualquier intento de relegarla o silenciarla.
Esta isla nuestra, además, encarna un llamamiento a la diversidad y a la ruptura de las barreras físicas y mentales, y evoca igualmente el rechazo a la discriminación y el uso de la violencia. Por eso alzamos también nuestra voz clamando por el no a la guerra y el respeto a la legalidad internacional, a los derechos humanos. Los intereses nunca pueden estar por encima de los valores.
Existen decenas de miles de islas en el mundo... Algunas son meros nidos de gaviotas o cormoranes. Entre las islas habitadas, cada una posee su carácter propio. Y algunas de ellas sobresalen como paradigmas de comunidades insulares que han sido capaces de protagonizar una apasionante aventura social y cultural. Es, por supuesto, el caso de Gran Canaria.
Es así porque conocemos pronto la inmensidad y, con la humildad del que se sabe una parte del todo, deseamos y necesitamos ir siempre un paso más allá. En ese proceso, desarrollamos nuestra personalidad isleña, fraguada al calor de nuestra condición de cruce de caminos entre continentes y visiones de la realidad.
Somos lo que hemos labrado durante siglos porque nunca nos hemos resignado. Y así siglo tras siglo. En cada momento respondiendo al reto que tocaba y podíamos alcanzar. Porque siempre hemos sabido combinar sabiamente realismo y utopía. Y hoy muchos nos miran con un punto de admiración porque entre las brumas y la incertidumbre de una situación mundial incierta, estamos sabiendo ganar con unidad y esfuerzo las condiciones para que nuestras hijas y nietos puedan disfrutar del siglo XXI en la isla que nos crio.
Si se evaporara el mar, quedaría la sal. Si se desvaneciera el tiempo, permanecería la cultura. La huella. El legado del que les hablaba al principio de este sendero de palabras. Su influjo nos llega a bordo de naves cargadas de significado que arriban al presente con un mensaje que resuena en nuestro interior.
Seguimos adelante porque tenemos un horizonte, pero sobre todo un punto de partida. La isla es una pirámide de memoria. Es un cofre, una llave, una emoción y a la vez una enorme responsabilidad. Porque el legado no es un ancla. Es una vela que propulsa. Y un mapa. Y de los más fiables, por cierto.
No debemos dejarnos abrumar por el peso de la herencia que deposita la isla en nuestras manos. Pero sí es preciso responsabilizarse y pensar en qué huella queremos dejar en esta senda las personas, entidades e instituciones de la actualidad, además de su impacto en el entorno y en las generaciones venideras.
Y también enfrentarnos a quienes quieren emborronar este noble rastro con el egoísmo, la mentira y la mentalidad totalitaria, a veces incluso ocupando un lugar en ámbitos democráticos que aspiran a destruir desde dentro. Son el Caballo de Troya del totalitarismo del siglo XXI, la carcoma en la casa común. Ante su avance, se impone la alianza sin fisuras de los que defendemos los principios de la democracia, los derechos humanos y el derecho internacional. Y esta isla siempre ha sido, firmemente, un territorio de paz.
En este punto, la isla, su legado y su empuje salen de nuevo en nuestra ayuda. Y les quiero explicar por qué lo siento así. Hemos convenido en que una isla es mucho más que un territorio que emerge sobre las aguas. Una isla es una manera de ser. Un ayer y un mañana. Una comunidad de mujeres y hombres aliados y aliadas en un propósito. Y es una realidad que toma cuerpo a través de las personas que la habitan y la expanden.
En este sentido, Gran Canaria ha tenido y tiene la fortuna de contar con hombres y mujeres que se elevan como un faro en la costa, sobre todo cuando reinan la bruma y la incertidumbre. Y ahí los vemos siempre, en cabeza del grupo, portando la antorcha de la sabiduría.
Es el caso de Manolo Millares, que quiso “injertar el espíritu antiguo en el espíritu nuevo”, según expresó él mismo. El pintor ejerció de bisagra entre la identidad insular y la vanguardia artística internacional. Las arpilleras reivindican la memoria, las primeras cuevas habitadas, la entraña. Y son por otro lado el grito mudo, el desgarro, la representación del dolor humano. Oigo también una llamada a cuidar, a calmar, a la ayuda al prójimo que debe resonar con fuerza en toda acción pública.
Millares fue una ínsula sublime, a la vez universal y profundamente isleña. En el mismo hombre del que conmemoramos este año el centenario de su nacimiento, encontramos la invocación del humanismo, el inconformismo y la denuncia social. Es una clase de ser insular que nos emociona y nos interpela con su ejemplo a la acción y la resistencia.
Nos enseñó, en definitiva, que un árbol necesita principios y raíces sólidas para sostenerse, ramificarse y propiciar la vida a su alrededor. Es una lección especialmente válida para la isla y sus retos. Estas muestras de entereza brotan con naturalidad entre nuestra población, entre los hombres y mujeres que se labran un porvenir en la isla con una entrega diaria que debe ser acompañada por el conjunto de las instituciones y de la sociedad civil.
Pienso en quienes cuidan, estudian, arriesgan, inventan o crean. En aquellos y aquellas que labran, abren la zanja en la obra, pastorean, enseñan, vigilan o salen a faenar, como el pescador que “estaba leyendo el movimiento del mar, el vuelo de las gaviotas, la fuga de los celajes, y era leído por la naturaleza que lo respiraba”, pues así lo describió tras una conversación con él en Tinoca el gran pensador de la insularidad, Eugenio Padorno.
Hoy, igual que hacían nuestros antepasados y antepasadas, buscamos señales que nos orienten. Han de ser signos claros, que se eleven por encima del interés particular, aceptados por todos y todas. En este caso, esas señales no se encuentran en el cielo. Están mucho más cerca, en el firmamento cotidiano de la isla. Y están aquí sentados y sentadas esta noche para recibir los Honores y Distinciones del Cabildo de Gran Canaria en el 113 Aniversario del Gobierno de la isla.
Ustedes habitan la isla y al mismo tiempo habita en ustedes esa isla que se expande y que no se conforma; y que tampoco tolera la desidia o la injusticia. Estos reconocimientos representan el agradecimiento de una comunidad que observa, valora y agradece. Y lanzan un mensaje diáfano al conjunto de Gran Canaria: el esfuerzo, la integridad, la dedicación y la generosidad importan y marcan el rumbo.
Para el Cabildo, estos reconocimientos suponen una manera más de evidenciar su papel ante la sociedad a la que sirve y que le otorga sentido. Han pasado 113 años desde que los 25 vocales electos del primer Cabildo de Gran Canaria se reunieran en asamblea. Fue un domingo de marzo de 1913, a las tres de la tarde, en una sesión constituyente que liberó un aliento largamente contenido y que respiraba al fin a través de aquellos representantes públicos. Somos herederos de aquel instante y de la energía social que se desató entonces, la cual cambió el curso de la isla al dotarla de autonomía, de voz propia y de un elemento capaz de aunar voluntades.
Agradezco a todas las personas y entidades reconocidas esta noche la enorme contribución que han aportado al progreso de Gran Canaria. Pero sobre todo por la ejemplaridad y referencia colectiva que suponen. En tiempos de individualismo y de desintegración de valores humanos imprescindibles sus biografías nos permiten recuperar la esperanza y la confianza en que esta tierra siempre será espacio de concordia y fraternidad.
Aquella primera corporación insular emergió de las inquietudes de la sociedad grancanaria. Lo hizo para dar respuesta a las necesidades y expectativas de una isla que había dado un paso al frente en todos los aspectos y que clamaba por tomar el timón de su destino.
En estos momentos, la implantación de un modelo de desarrollo sostenible donde convivan el progreso, el bienestar, el cuidado de las personas, la preservación del territorio y los recursos naturales, la defensa de los derechos de la isla frente a las tentaciones de olvido, así como de su identidad, continúan siendo ejes de la misión del Gobierno insular.
Hoy, no nos engañemos, las señales que nos llegan del exterior no son buenas y, más que nunca en las últimas décadas, es la hora exacta de la soberanía insular, la diversificación, los valores democráticos y la unidad. Son, precisamente, los principales estandartes del Cabildo en la última década.
Las islas son laboratorios extraordinarios, pero también ecosistemas sociales y económicos frágiles ante las marejadas del contexto internacional. El Cabildo ha afianzado sus políticas vinculadas a las soberanías hídrica, energética y alimentaria, muchas de ellas pioneras en el archipiélago, España y Europa. Esta herramienta se revela especialmente urgente y necesaria para contar con asideros en el suelo movedizo en el que se ha convertido el planeta a causa del despotismo y la avaricia.
Y la sostenibilidad incluye el respeto a los derechos y a las necesidades de nuestra gente más vulnerable. Empleamos toda la energía que contagia nuestra naturaleza para reducir desigualdades, para igualar oportunidades a quienes no las tienen desde la cuna, para garantizar el ejercicio efectivo de derechos y evitar la exclusión a quienes viven en ese riesgo. La isla que construimos entre todas y todos tiene un espacio reservado para cuidar más a quienes más lo necesitan.
Gran Canaria se ha erigido igualmente en una bahía propicia para el consenso y el encuentro entre culturas y puntos de vista. Es un puente sobre el abismo. Y esto cobra especial relevancia cuando contemplamos cómo se dinamitan las vías de diálogo y las libertades tropiezan con escolleras de intransigencia y regresión. Nuestra cultura es la del encuentro y el abrazo entre los pueblos. Mientras esto no ocurra, toca resistir y hacer que siga ondeando nuestra bandera de inclusión, libertad e ilustración en medio del Atlántico.
El final de 2025 y el comienzo de 2026 han estado marcados por la lluvia, por la entrada de agua en las presas, por el correr del agua, que suena como el feliz cantar de una parranda que sale a tocar en contadas ocasiones. La escorrentía trae hasta aquí unos versos de Pino Ojeda, en los que hacía referencia a “un solo agua, un solo cauce”. Por esa extraña hermandad de las alturas, guardo también en la memoria un dicho de Azerbayán, país donde se celebró la reunión de la Unesco que declaró Patrimonio Mundial la cumbre de Gran Canaria. “Si las manos se unen, moverán montañas”, afirma.
No es casualidad que lo citemos aquí y ahora, porque la confluencia de sectores sociales y empresariales con el Cabildo en los últimos diez años ha sido fundamental para avanzar y disponer de bases sólidas para lo que está por venir. Hemos de escuchar a Josefina de la Torre, que nos alienta a mantenernos vivos de espíritu y a continuar siendo “el viento en el agua”.
El trayecto nos ha llevado del Bentayga, en la borrosa divisoria entre la tierra todavía firme y el cosmos, a la costa, la región donde algunos ven una lucha entre la mar y la isla, pero donde preferimos imaginar un encuentro. Hemos atravesado las dificultades, pero nos quedamos con la esperanza basada en nuestra voluntad y en el pacto social.
Las nubes sobre las que se tuvo que ‘alongar’ el sol en el último equinoccio fueron, efectivamente, la avanzadilla de una buena temporada de lluvias. Y el legado, condensado en el tiempo, cae también como un rocío sobre el presente, regando las tierras de Gran Canaria con una esperanza que siempre ha encontrado en esta isla la manera de elevarse y vencer a la oscuridad.
Me quedo por tanto aferrado a esa confianza, cimentada en una poderosa historia colectiva y en la unidad de toda una isla alrededor de un proyecto común. Para este Cabildo, son las únicas señales que indican el camino a seguir.









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