Jueves, 19 de Marzo de 2026

Actualizada Jueves, 19 de Marzo de 2026 a las 15:01:49 horas

35 AÑOS DEFENDIENDO LA PALABRA

Redacción Jueves, 19 de Marzo de 2026

Se cumplen ahora en la Villa de Agüimes treinta y cinco años de una conversación ininterrumpida. Desde 1991, cada invierno el municipio se transforma en territorio de historias, con teatros en penumbra, aulas expectantes y plazas donde la palabra vuelve a ocupar el centro. El Festival Internacional de Narración Oral de Agüimes, al que me estoy refiriendo, no nació como espectáculo de masas, sino como un acto de fe en algo más íntimo, en la capacidad de una voz para reunir a una comunidad.

 

Con el paso del tiempo, aquel sueño se convirtió en el más veterano de su género en España, en un referente estatal de la narración oral y en un punto de encuentro entre generaciones. Abuelos y nietos, alumnado y profesorado, público fiel y nuevos oyentes comparten cada edición el mismo ritual de ver a alguien contando, a alguien escuchando, y entre ambos un puente invisible que se renueva año tras año.

 

Detrás de aquella primera edición estaba la mirada inquieta de Antonio Lozano. Como la estuvo tres años años antes para hacer posible el Festival del Sur. Encuentro Teatral Tres Continentes. Para hablar del Sur desde el Sur. Era el concejal de Cultura el aquel momento y fue muchas más cosas: escritor, profesor y, ante todo, un humanista convencido de que la cultura debía servir para encontrarnos, para derruir muros, para romper la oscuridad. De que la palabra dicha en voz alta tiene la capacidad de derribar prejuicios, de acercar a los pueblos y de mantener viva la memoria.

 

Lozano entendía el Atlántico como un espacio de diálogo. Su obra literaria —centrada a menudo en la inmigración, la frontera y la identidad— dialoga con la misma idea que impulsó los festivales, la de que escuchar al otro es un acto político y poético al mismo tiempo.

 

Como fundador y director durante décadas, defendió que la narración oral no era un entretenimiento menor, sino un arte escénico completo, situado entre la literatura y el teatro. Creó un festival que no solo programaba funciones nocturnas, sino que entraba en colegios, institutos y barrios. Para él, la palabra tenía que circular y arraigar.

 

Quienes lo conocimos - era además mi amigo-  no podemos dejar de destacar siempre  su coherencia y su pasión contagiosa. Supo tejer redes internacionales cuando aún no era habitual y convirtió a Agüimes en un espacio de referencia para narradores y público de distintos continentes. Su apuesta fue siempre ética además de estética.

 

Fue una decisión valiente confiar en la palabra desnuda, sin artificios, sin más tecnología que la voz y la escucha. Parecía un gesto contracorriente apostar por el silencio compartido, por el ritmo de la respiración colectiva, por el encuentro íntimo entre quien cuenta y quien escucha. Y lo fue también porque nos lanzamos al ruedo - aquí me incluyo, porque yo era alcalde en aquel momento- cuando la cultura se concentraba solo en las grandes ciudades, apenas teníamos presupuesto para hacerlo y casi ni disponíamos de espacios culturales para acoger la programación.

 

Tras su fallecimiento en 2019, cada nueva edición es también un eco de su intuición original, la de que contar historias es una manera de resistir al ruido, de recuperar el tiempo compartido, de recordar que venimos de la tradición oral mucho antes que de las pantallas. Que el diálogo con Europa, África y América es el eje sobre el que gira nuestra atlanticidad.

 

Treinta y cinco años después, el Festival de Narración Oral de Agüimes es memoria y no solo una programación cultural. Y en el centro de esa memoria permanece la figura de Antonio Lozano, como quien encendió una lámpara que otros siguen cuidando.

 

Porque mientras haya alguien dispuesto a escuchar, la palabra seguirá encontrando su lugar. La palabra como puente invisible que une orillas que no se tocan. Porque antes de los mapas y las fronteras, fue la voz la que trazó caminos. Contar es un acto de hospitalidad, es abrir la puerta de la propia experiencia para que otro la habite. Cada historia compartida reduce la distancia entre desconocidos, porque en el relato descubrimos que el dolor, la esperanza y el amor tienen acentos distintos, pero un mismo latido.

 

La palabra no solo nombra el mundo sino lo crea en común. Cuando un pueblo escucha al otro, deja de verlo como extraño y empieza a reconocerlo como espejo. Narrar es tender la mano; escuchar es aceptarla. Y en ese gesto sencillo se funda la posibilidad de convivir. Y la convivencia hoy está amenazada por la peste negra que se expande por el planeta quebrando los derechos humanos, el derecho internacional y los cimientos de la democracia.

 

Para resistir a la barbarie “nos queda la palabra”, como cantó Celaya. Porque nos permite preservar la memoria y la dignidad. Porque nos abre camino para denunciar la injusticia y convocar a la comunidad para combatirla. Porque mientras haya alguien dispuesto a hablar y alguien dispuesto a escuchar, existe la posibilidad de cambiar las cosas y con ello abrigar la esperanza de un futuro mejor. 

 

Por eso, en Agüimes, la palabra sigue tomando las casas, las calles, las plazas, las aulas y los escenarios cada año.

 

 

                                                                       Antonio Morales Méndez

                                                                           Exalcalde de Agüimes

                                                           Presidente del Cabildo de Gran Canaria

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